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16.3.08

VII

Habían pasado algunos años, Manrique, sentado en un sitial junto a la chimenea gótica de su castillo, inmóvil casi y con una mirada vaga e inquieta como la de un idiota, apenas prestaba atención ni a las caricias de su madre, ni a los consuelos de sus servidores.
-Tú eres joven, tú eres hermoso- le decía aquélla-.
¿ Por qué te consumes en la soledad? ¿ Por qué no buscas una mujer a quien ames, y amándote
pueda hacerte feliz?
- ¡El amor!... El amor es un rayo de luna - murmuraba el joven.
- ¿Por qué no despertáis de ese letargo? - Le decía uno de los escuderos-. Os vestís de hierro de pies a cabeza;mandáis desplegar al aire vuestro pendón de rico- hombre, y marchamos a la guerra. En la guerra se encuentra la gloria.
- ¡La gloria!... La gloria es un rayo de luna
-¿ Qué queréis q os diga una cantiga, la última que ha compuesto mosén Arnaldo, el tovador provenzal?
- ¡NO! ¡NO!- exlamó el joven incorporándose, colérico en su sitial. - No quiero nada... es decir, si quiero... quiero q me dejéis solo... Cantigas..., mujeres... gloria, ... felicidad..., mentira todo, fantasmas vanos q formamos en nuestra imaginación y vestimos a nuestro antojo y los amamos y corremos tras ellos, ¿ para qué? ¿ para qué? Para encontrar un rayo de luna .
Manrique estaba loc; por lo menos, todo el mundo lo creía así. A mí, por el contrario, se me figuraba lo q había hecho era recuperar el juicio..