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16.3.08

VI

La noche estaba serena y hermosa; la luna brillaba en toda su plenitud en lo más alto del cielo y el viento suspiraba con un rumor dulcísimo. entre las hojas de los árboles.
Manrique llegó al claustro, tendió la vista por su recinnto .. y miró a través de las macizas columnas de sus arcadas... Estaba desierto.
Salió de él, encaminó sus pasos hacia la oscura alameda que conduce al Duero, y aún no había penetrado en ella cuando de sus labios se escapó un grito de júbilo.
Había visto flotar un instante y desaparecer el extremo del traje blanco, del traje blanco de la mujer de sus sueños, de la mujer q amaba como un loco.
Corre, corre en su busca: llega al sitio en q la había visto desaparecer; pero al llegar se detiene, fija los espantados ojos en el sueño, permanece un rato inmóvil; un ligero temblor nervioso agita sus miembros, un temblor q va creciendo, que va creciendo y ofrece los sintomás de una verdadera convulsión y prorrumpe al fin en una carcajada, en una carcajada sonora, estridente, horrible.
Aquella cosa blanca, ligera, flotante, había vuelto a brillar antes sus ojos; pero había brillado a sus pies un instante, no más q un instante.
Era un rayo de luna, un rayo de luna q penetraba a intervalos por entre la bóveda de los árboles cuando el viento movía sus ramas.