
“Niños perdidos, jóvenes recuperados"
Una abuela, una nieta, una hermana y una lucha en común: devolver la identidad arrebatada. La tarea silenciosa de las Abuelas de Plaza de Mayo.
este slogan, impreso en los afiches de las Abuelas de Plaza de Mayo, resume la búsqueda y la alegría del reencuentro. El trabajo cotidiano de muchas mujeres que tienen un solo objetivo: encontrar a sus nietos robados durante la dictadura militar que azotó nuestro país desde 1976 hasta la llegada de la democracia en 1983. Chicos y chicas que hoy tienen alrededor de 28 años y desconocen su verdadera identidad. Porque se la robaron, se la ocultaron y le dieron otra prestada, que les es ajena. Para conocer de cerca esta historia charlamos con tres de sus protagonistas, tres mujeres que ocupan un lugar diferente en este rompecabezas donde todavía hay cientos de piezas perdidas.
Buscarita Roa: La lucha imperturbable
Buscarita todavía se emociona. Su vida fue tan particular como su nombre, como si la ruleta de la vida se hubiera obstinado con ella e injustamente le hubiera tocado la casilla de la tragedia más veces que a la mayoría de la gente. Sin embargo, es una persona feliz, con un tesón y una fuerza envidiables. Basta con escucharla un rato para olvidar todas las penas y ponerse a trabajar. Así es Buscarita Roa, una abuela de Plaza de Mayo que, aunque haya recuperado a su nieta, no cesa en ponerle el cuerpo a la búsqueda de los nietos que todavía faltan recuperar.
Su historia comienza en Chile, país en el que nació y donde tuvo a sus siete hijos. El primer mal trago fue un accidente que tuvo su hijo mayor, a los 16 años, cuando un tren le cortó las piernas. José Poblete, digno heredero del tesón materno, miró para adelante. La fortuna, o su ausencia, lo trajo a la Argentina para recuperarse. Llegó con 17 años, una guitarra y una valija. Poco tiempo después, estaba en un centro de rehabilitación, aprendiendo a caminar con sus prótesis y peleando por los derechos de los lisiados. Su mamá llegó unos años más tarde, separada y con sus otros hijos a cuesta, dispuesta a empezar de nuevo. José ya había conocido a Gertudris Hlaczik, con quien tendría a Claudia que sólo contaba 8 meses cuando la secuestraron junto a sus papás. Ellos tenían ideales y murieron por ellos, creían en una sociedad más justa, en un mundo mejor.
Aquí, la historia se mezcla con la de muchas familias que fueron víctimas de la dictadura: el secuestro, la tortura, la desaparición y la apropiación de sus hijos. Claudia fue separada de sus padres días más tarde del secuestro y entregada a un matrimonio militar que la anotó como propia. Allí, en 1978, comienza la odisea de Buscarita. “Después de 6 meses de buscar sola, me junté con otras madres. Yo trabajaba en Presidencia de la Nación así que no podía ir todos los días a la plaza. Me atreví, hablé con coroneles, generales y nadie me decía nada. Tenía miedo por mis otros hijos también. Especialmente por Fernando, el segundo, que también militaba con José”, recuerda, “más tarde conocí a las abuelas y como yo tenía una nieta desaparecida, sentí que ése era mi lugar”.
Buscarita tiene 66 años y, aunque durante un tiempo estuvo mal, nunca perdió la esperanza. Pasó dos años en Estados Unidos, donde se había exiliado otra de sus hijas, pero la ausencia de Claudia le pesaba demasiado. Y volvió. “No me acostumbré, trabajaba, ganaba bien pero estaba Claudia, sentía que no estaba haciendo nada”, cuenta. Y, aunque se había acostumbrado a los reveses, en el año 2000, la noticia finalmente llegó. Un juez citó en el juzgado a Mercedes Landa, nombre con el que había sido anotada Claudia Victoria Poblete, su nieta, al mismo tiempo que detenía a sus apropiadores. Ceferino Landa y su mujer fueron condenados a 9 años de prisión. “La condena me pareció una burla, sólo 9 años, además al cumplir las 3/4 partes de la pena fue arresto domiciliario, creo que no estuvieron ni 6 años presos”, agrega con amargura. Pero el trabajo no termina. El caso de su hijo fue emblemático, en principio porque marcó la inconstitucionalidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Dos leyes que dejaron impunes los delitos de miles de militares que secuestraron, torturaron y mataron durante los años de dictadura. Gracias a la labor de los distintos organismos de derechos humanos, se decretaría que los crímenes cometidos contra la Humanidad, no prescriben. “En las abuelas no hay ánimo de venganza, uno pide verdad y justicia, una justicia severa que ocupe un lugar preponderante” dice Buscarita, quien habla con una calma y un temple, que no se pueden ignorar. Y, pese a su alegría, con una generosidad inmensa, no olvida a aquellas que aún no tuvieron su suerte. “No sería justo quedarme en mi casa, puedo hacer muchas cosas, puedo trabajar y lo hago por los abuelas que faltan y por la comunidad misma. Si no le damos sentido a este trabajo, que tiene que ser constante, pienso que los errores pueden volver a ocurrir”, manifiesta.
Con la recuperación de su nieta comenzó otro camino: construir una relación con Claudia, conocerla y recuperar el tiempo perdido. “Haberla encontrado fue un premio, era como buscar una aguja en un pajar”, recuerda, “la alegría que te invade al encontrarla es impensable. Ahora, todo lo construimos a base de amor y paciencia”. “La mimo y la consiento un poco, le hago comiditas y se las dejo en el freezer. Me gusta darle cosas que no le pude dar cuando era chiquita. Hago lo que hacen todas las abuelas”, dice con una sonrisa. Buscarita todavía se emociona, pero ahora es de alegría.




